Aclamada por la crítica y repudiada por un sector grande de la audiencia, esta película es más soporífera que el propofol. Prefiero mil veces que Andrea Bocelli me corte el pelo con un trozo de cristal a volver a ver una sola secuencia.
130 minutos en los que sólo los últimos momentos, la película toma rumbo para desembocar en un ser flotante que parece una mezcla de pandereta y catxirulo de Pascua. El resto todo es un National Geographic sobre la doma de caballos, los chimpances desquiciados como si hubieran comido paté de morcilla y los negocios del chinito Xam-Pú.
El protagonista tiene menos expresiones en la cara que accesorios de un Seta Ibiza. La duración innecesaria del metraje te vuelve racista porque, al final, deseas que alguien la pegue un tiro a la familia black is black que, en vez de soltarnos el rollo de la doma de caballos, podían ser cosechadores de berenjenas con sabor a sardina ahumada.
Una película que ha dividido a los espectadores en los que unos piensan que es una obra maestra y otros que opinan que hay colostomias más divertidas que contemplar este bodrio en el que nunca pasa nada y, cuando pasa, recuerdas lo que has pagado en taquilla y te dan ganas de donar tus tendones a la ciencia.
Le pongo un cero por no ponerle una denuncia.

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